martes, 8 de octubre de 2013

Sobre la idea de paraíso.



 Todo forma parte de la vulgaridad.

Y la vulgaridad desaparece con el mordisco.

Con el goloso hincar el diente 
y la posterior dulzura del alimento.

La carne se transforma y forma de nuevo nueva carne.

La vulgaridad, 
punto clave donde el cuerpo 
toma la forma de un objeto y vuelve a ser cuerpo.

La vulgaridad, 
intención perfectamente pautada, 
como una necesidad insoportable.

La vulgaridad,
cotidianeidad de la persona convertida en un manjar.

Alimento indigesto.

Objeto de lenguas y partes privadas vueltas partes públicas.

Dispuestas en forma de banquete 
para que todo el mundo pueda reciclarlas.

Y la idea del paraíso cruza nuestra memoria 
como por arte de magia.

Porque la idea de paraíso forma parte de la vulgaridad.

Ligada al más básico de los instintos de supervivencia.

La idea del paraíso se entrecruza 
con la carne masticada y deglutida.

Se mezcla con la idea de no tener carencias.

Con el engorde público en las grandes cadenas de restaurantes.

El ritual de la muerte y la transmutación.
El paraíso tiene una forma accesible a todos.

El paraíso se come.

Se come por los ojos, 
se come por la boca, 
se come por el sexo.

El paraíso se consume.

El paraíso se deforma hasta caber en el bolsillo.

Tiene miles de politonos y aplicaciones.

El paraíso tiene mucha sangre pero no puede verse.

Mucha carne putrefacta en caminos sin nombre.

Mucha bilis y viscosas secreciones fruto de la violencia.

Mucha herida y mucha tortura.

Pero es el paraíso.

La intocable idea de paraíso.

Aducida en nosotros.

Embutida en nosotros.

Soñada en nosotros.

Deseada solo por nosotros.

En el magnífico horizonte plural de la naturaleza.

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Ferran Garrigues Insa

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