martes, 3 de diciembre de 2013

El final del en-cuento.



Él estaba descansando tras la siesta
en la parte más fresca de su casa de madera...
y era feliz.

Algo le había extrañado en su camino de vuelta
todos los árboles
incluso los retoños
estaban heridos por un corazón
cortado al detalle en la madera viva
que sangraba sabia como un manantial.

Todas las ardillas colgaban muertas
de todas las ramas
de cada uno de esos árboles frutales
que había visto crecer desde pequeño.

Una a una
alguien las había puesto en pose
como señalándole con sus diminutos dedos
de todos modos, les faltaban los ojos, terrible
pero sin saber porqué
lo tomó como algo, en apariencia, normal.

Al girar la esquina que llevaba al parque
vio todos sus juguetes amontonados
un intenso olor a gasolina y un chasquido
antes de la explosión
y ver a los vaqueros, el caballo de madera
estallar en mil pedazos
en ascua, en nada
pero prefirió seguir su camino
para darse cuenta
que en cada poste y farola
alguien había pegado con cola de refuerzo
carteles con su cara
donde rezaba:

Vivo o muerto
mejor muerto, más bien muerto
tráiganlo muerto
doy recompensa
seré su mejor amiga.

Y la firma apenas se podía leer
demasiada cola, pensó
y caminó toda la larga calle
hasta ver pasar un zeppelin
con una pancarta gigantesca con su rostro
tachado con una gran cruz roja
que goteaba pintura sangrienta 
sobre los tejados de las casas.

Algo no estaba bien del todo
pero todavía era un niño
y supo admirar los giros y las sorpresas
que le deparaba la vida
se resignó un poco y llegó a la puerta
donde su amiga crecía a trompicones.

El timbre estaba lleno de clavos
y su perro Tim estaba crucificado en la puerta
sus tripas colgando
todavía vivo
gemía
entre sus dientes una carta con un corazón violeta
al despegarla de su lengua
Tim exhaló su último aliento
y una lágrima afloró en el rostro del pequeño.

Abrió la carta, olía a gato podrido
dentro una tarjeta rezaba:

Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio.

Pero ven a jugar conmigo siempre.

Tu amiga.

Se giró salió del porche, arriba tras los cristales
una niña vestida de blanco inmaculado
maquillada de blanco
con lentillas blancas
y el pelo blanco
tras unas cortinas blancas
en una ventana
a la cual parecía que le hubieran echado
un par de cubos de pintura blanca
como intentando ocultar algo
o aparentar no sé qué.

La miró a los ojos.

Sonrió.

Le hizo un ademán con la mano.

Le sacó la lengua, y salió corriendo.

Acordándose de llevarse los restos de Tim
que enterró junto con las cenizas de los juguetes
los cuerpos de las ardillas
y con un cuchillo de explorador
intentó cubrir los corazones con la resina endurecida
para evitar que los árboles enfermaran de manera fatal
y perdieran los frutos
la próxima temporada.

Al acabar, subió al árbol.
Como siempre.
A descansar.

De lejos un aullido indescriptible.

Un sonido de cristales rompiéndose.

Sabía perfectamente lo que hacía.

De repente ya no quería jugar.

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Ferran Garrigues Insa

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