miércoles, 26 de febrero de 2014

Otro maniquí.



Me he prendado
sí, de esta manera cursi
casi infantil
de otro maniquí inalcanzable
en su pedestal de escaparate.

Me he dado cuenta tarde
cuando los abrazos quedaban convertidos
en una dureza fría y plástica
todo el amor abocado a un envoltorio
en un almacén sin calidez alguna
donde yazgo entre montañas de miembros apilados
esperando caricias que nunca llegarán
besos polícromos de hipnóticos brillos
o miradas de pasión estáticas, perdidas en un punto
donde se piensa que tal vez esté otro
otro que mira de la misma manera
con este modo frío de compartir emociones
y roba todo el sentimiento posible
que se evade del iris amado
por su cualidad cristalinamente pulida.

Darse cuenta de esta soledad
comprender en último término
que se es el único ser vivo o muerto
en un cementerio o en una carpa
llena de congéneres congelados
deconstruídos

como una multitud amontonada
sin el orden que confiere la carne.

Y empezar a sentir su muerte o su vida
invadiéndote poco a poco
como una hilera de procesionaria
cosquilleando cada nuevo milímetro de piel
en esta espera permanente
en esta elección que tomé
en algún momento de esta existencia
prendado en maniquíes
olvidando a los seres de verdadera tensión
en los que sí palpitan corazones:

Se convierte en la verdadera pérdida
el hito que inicia todos los descensos
aquí, en lo alto.

Sobre estas carcasas
yo me voy transformando también
en un acúmulo de polvo
en una helada pose digna de ser moldeada
cada vez que sea necesario
exponer alguna cosa
sobre un cuerpo desnudo
sin vergüenza y sin prejuicio
por el hueco que propone su presencia.

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Ferran Garrigues Insa

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