viernes, 28 de febrero de 2014

Perdido en la ciudad.



He caminado la noche
sentido la mirada tuerta de un gato oculto
orinado las calles donde todos orinan
he tocado las aceras viejas
los bancos de madera acartonada
el acero de las cadenas que rodean cada estatua
y alguna que otra vez he aprendido
que este pasajero de lo extraño
(al que ignoro en los charcos)
no es más que un consentido
que nunca encontró nada más allá
porque jamás decidió buscar algo
entre toda aquella profundidad bidimensional
que inundaba los oídos
en aquellas ciudades
en cada población donde las personas.

Donde seres de piedra se anidan
cada mano es solo una garra hecha de dientes
las cosas se perciben 

según orden directa de algún manuscrito
y los viejos andan encorvados 
recortando su espacio con esfuerzo.

Es aquí donde dirijo rápidamente 
la mirada hacia ningún lugar
me evado perdiéndome 
en el martirio de ver continuidades
de parafrasear a grandes suposiciones humanas 
extinguidas en los libros
descubrirme finalmente 
exhausto de tanta inapetente realidad.

Volverme mártir 
de alguna religión no formada todavía
o caer, como se cae lo inflamado 
cuando nada lo intoxica
o buscarse en la desnudez 
de los soportales intactos
mientras las palomas retozan 
ausentes a esta orfandad.

Tropezar con las fuentes 

encontrar sirenas contando en el fondo las monedas
verlas guarecerse en cloacas, cargadas de tintineos 
escuchando cuando pasas cerca 
todos los ofrecimientos posibles de la carne
salir huyendo, correr hacia otro callejón oscuro 
esperando allí la salvación.

Rodearse de manos, de pies que preguntan 
de labios confundidos por el hambre del amor
inundarse de sentidos que no se reconocen nunca
infestados de novedosos cánceres
cuando puedes tal vez zafarte 
de toda esta compaña que reluce en los deslunados
y mira con ojos saltones 
desde las callejas sin salida
esperando que ocurra
siempre, tu equivocación.

Cuando parece que ser libre sucede de repente 
en una plaza abierta, abarrotada de ciegos
que buscan al calor de las farolas 
un atisbo de salida o de esperanza
y se golpean, se tuercen los cuellos 
las muecas y se atizan
con bastones gastados de plegarias
y juntos elevan cantos 
repletos de júbilo 
en simbólica desesperación.

Cuando ya te ves escapar, correteando 
como algún tierno animal exótico
por este espacio estrecho 
a rebosar de cazadores 
que se clavan las culatas
se aturden a codazos 
para poder apuntar su arma 
exorcizar su desidia
en el único cuerpo que anda
en el único cuerpo 
que se realiza en el descenso
en la pérdida.

Todo resta detenido 
mientras resuena todavía 
un eco sometido de mínimos pasos
en su rapidez agotadora 
recortada en los muros
en las formas aristadas de los edificios
apuntadas hacia arriba, apuntadas 
desde la raíz hacia la única fisura del aire
donde las nubes se funden 
en alabastrados rostros 
reflejo de lo sumergido.

Bajo esta manta plástica 
todo se reduce 
toma forma lo diminuto
bajo todo lo que se ahoga
y pierde la concentración 
en que debe fugarse.

Bajo el primero y el último de los responsables 
de que este laberinto nunca se destruya.

Sobre la causa final de cada encierro 
sobre esta tragedia 
agoto la mano del que escribe.

Donde residen 
en una pausada relación 
de agonía y muerte 
y sueño conceptual trabado
en el engaño trágico 
de las formas idealizadas de mortales
dioses y esclavizadas teorías
donde veo, último, un hombre solitario 
que parece dudar
como nunca
ante el cruce de caminos.

Y casi dejo escapar un gemido 
al reconocerme en parte
contenido en los pasos 
que optaron por detenerse.

Y dejo escapar un grito
al reconocerme 
en los pasos 
que ya se han detenido.

Náufrago eterno 

en el límite infinito 
de esta ciudad inabarcable.

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Ferran Garrigues Insa

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