domingo, 16 de febrero de 2014

Ratón de metro.



No era una mujer, era un ratón
no un mustélido, no una avispada comadreja.

Un pequeño roedor de ojos intranquilos.

Era frágil, nerviosa, rápida
de movimiento fugaz y esquivo.

Era una estela, un rebufo
un último suspiro, un estornudo.

Eran negros, completamente negros
sus ojos cabeza de alfiler
bajo las cejas algo gruesas
que extendían su manto de pelaje
arqueándose arriba y abajo
en un continuo e intenso cambio en su normalidad.

Eran sus manos pequeñas y enjutas
dedos pegados, afilada uña
siempre simétricas, complementarias
como activadas a la vez
por un tenso hilo que las mantiene equidistantes.

Su ropa, confeccionada a dentelladas
mantenía un corte perverso, caótico
de diente paralelo.

Sus objetos húmedos en los abultados abazones
su sonrisa más grande, cada vez más grande

en la medida en que atesora
más y más elementos y semillas.

Su andar dibujado en pequeños saltitos
en la arena desodorante de su casa.

Su rincón bajo una gran rueda de plástico
entre pedazos de trapo, montones de pelo
algo de polvo y olorosos sobrantes
de alguna de sus últimas comidas.

Su mirada perdida en claras pausas
mientras pasa su tiempo
acicalando el terso cabello que la cubre
de repente como un abrigo.

Su camino de todos los días
rueda, esquina de aseo, rueda
almacén de semillas, esquina de aseo
rueda, rueda, revisión del almacén de semillas
rueda, esquina de aseo
repitiéndose con escasas variaciones.

Sueña dormida en espiral
obligo- nariz, pie- oreja
rabo- frente, pata- pata
bajo una cúpula de pelambre
rediseñada cada jornada unas cuantas veces.

Y se despierta para comprobar
que sus orejas permanecen en su sitio
que la distancia entre ombligo- nariz
pie- oreja, rabo- frente, pata- pata
es justo la correcta.

Y pasa la noche proclamando
todos y cada uno de sus rituales.

Todas y cada una de sus metódicas manías
mecánicos tics heredados por toda su camada
generación tras generación
de pequeños roedores enjaulados.

Para llegar a un nuevo principio
se viste de mujer
después de rodar una o dos veces
en su particular escenario
se maquilla los bigotes, la rosada nariz
oculta las orejas en un gorro
las uñas finas y afiladas con sus guantes
pero ha olvidado
(quizás hoy, porque por un incomprensible motivo
ha salido con prisa)
unas gafas de sol, unas lentillas de colores
dejando al descubierto, de éste
que se cruza en su camino
sus inquietos iris roedores
detrás de un periódico gratuito
en un vagón destartalado
de un metro de Paris.

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Ferran Garrigues Insa

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