viernes, 7 de marzo de 2014

Genealogía de la nada.



Nada. 

Era obvio empezar así cualquier poema.

Toda la deriva de los continentes 
y la potencia de los lúgubres océanos
atenazada en el juego de las presiones 
donde suceden todos los desastres.

Era obvio continuar así, 
en esta corriente helada que te arrastra hacia el fondo.

Prometo la vida. Al final de los versos. Prometo la vida.

Total una mentira más no os pervertirá menos.

Nada, la genealogía de la nada. 
Así quise empezar el poema.

Pero tampoco quise que fuera demasiado pretencioso.

O demasiado poco.

Enfrentarse al objetivo de no ser y dejar de hacer.

Se convierte en la mayor revolución humana.

Hoy. Aquí. Ahora mismo. 
En esta continuidad de matarifes sedimentos.

Aquí. Hoy. Ya. 
Dejando todas las matemáticas del sucedáneo espíritu.

Devenir. Porvenir. Resurgir. Fletar. 
Dinamitar. Extremar. Satisfacer.

Resumir el grito en dos.

Resumir la vida en uno.

Explorar todo lo imperfecto, 
para encontrar otra simulación de la verdad.

Nada. Seguir en el mismo lugar. Nada.

Perder todo el aliento.

Reventar el mecanismo en su enlace más profundo.

Acabar con la programación que nubla la mente, 
nubla la mente.

Dejar de ser yo. Para ser nadie. 
Para descifrar la magia del que desaparece.

Para ser invisible voz que impera en el misterio.

Donde el olvido. En la cristalización de todas las fricciones.

Nada, nunca nada.

Donde la libertad.

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Ferran Garrigues Insa

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