sábado, 12 de abril de 2014

Hospicio.



Saberse hospedado en la inhóspita estancia vacía
conocer que es este el hogar y ningún otro
liberado de caminos y turbias ensoñaciones.

Esperar con la aparente calma del proscrito
sin lugar y sin nombre
sin espacio tranquilo, sin posibilidad de escaparse.

Tener la conciencia mudable
no observar ningún apego
no permanecer parado demasiado tiempo
para que los pájaros no marquen tu ineptitud de estatua.

Un paso que no es un paso, no recorre las distancias
un pie, ya no es sencillamente 
un objeto sobre el que apoyarse
o apuntalar cada desequilibrio
ahora se utilizan las manos, los dientes y alguna pupila
para sustentar el edificio 
la pulsante necesidad de no desmoronarse
no deshacerse todavía
todavía no desvanecerse.

Y pasar el menor tiempo posible en los bordes
en los alféizares de las ventanas
emulando a romeos multiplicados y desiguales
imitando a las palomas asustadas del ajetreo en las calles
observando la posición de aquellos que descansan
esperando con invencible paciencia 
en los umbrales de las casas.

Sentirse acogido en el hueco de una escalera
en el solar vacío de otra cosa que no sean zarzales
en el mundo mismo, en el inmediato mundo
que es ahora, es luego, es presente
y ofrece las mismas cuevas
los mismos recovecos para todos
igualmente vacíos
igualmente aterradores
pero talmente libres de ningún abalorio
soberanamente incompletos
dignos de cualquier esbozo
de cualquier producto de nuestra fantasía.

Donde no hay quizá una salida corriente
o una puerta o acceso de fácil recorrido
solo este aire atrapado entre paredes
solo este lugar de juego infinito
donde una sola mente genera la protesta
de todos los espacios previos sin partitura.

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Ferran Garrigues Insa


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