sábado, 7 de junio de 2014

Ella. (Una lotófaga anónima)



Tenía en las manos
el adherente conductor de las hebras
en las que anidaba la vida
trazaba cruces y trenzaba velos
solo de aire
para extenuar el grito
con la experiencia sutil
de una existencia demasiado fingida
que venia sucediéndole cada segundo
de cada día
de cada efecto
de cada sensible estado
en donde encontraba el signo
de todo lo perdido
y rescataba la semilla
de antiguas promesas por resurgir.

Poseía en las palmas
de sus extremidades blancas
limpias, en apariencia frágiles
toda la fuerza de una condena
llevada en silencio
bajo las mantas del sexo prefijado
era un cuerpo
pero no una mujer
acababa de contar
cada golpe del otro
en cada embestida
de cada repetición
de cada acto lascivo
que formaba parte de su acuerdo.

Desconocía la libertad
pero tramaba un plan
para descubrir el último pretexto
antes de saltar acantilados
botar la barca sobre el tenso océano
medir el preámbulo de una nueva historia
donde quería ser protagonista
preferentemente observable
parte de un discutido proyecto de tsunami
arrasador de ruina
más allá de cualquier límite
compuesto de preguntas.

Devoraba el loto
para mantener el tiempo
dentro de esta consideración
que la convierte en leve trazo
o mínima alteración de sus formas
a las que estaba acostumbrada.

Mascaba el loto
para dejar el resíduo de la memoria
en un lugar inalcanzable
adoptar el olvido del extraño
para que todo siguiera exactamente igual
pausa tras pausa.

Ungía el loto
para disimular el ardor
de las caricias pasajeras
las invisibles marcas de un beso fugaz
el martirio donde una mano dejó esa sensación de agarre 
para frenar el vértigo una sola vez.

Realizaba el ritual cada día 
hasta el atardecer
para soportar las noches
donde la ausencia
reinaba sin compasión
sobre sus súbditos.

Islas de paso
camino
vertebral 
fantasía 
de Ítaca.

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Ferran Garrigues Insa