lunes, 21 de julio de 2014

Los brazos de los abrazos.





Nunca tuve nada con ella.

Pero con sus brazos...

¡Esos sí!

¿Quién en su sano juicio
no se hubiera dejado abrazar por aquellos apéndices
que prometían estirarse infinitos 
incluso mantenerse abrazados mientras el tren los alejaba 
o se iban a un congreso en un jet privado?

¿Cómo no caer en su embrujo
si aunque en la ausencia de besos y miradas
seguía uno sintiendo
(claro, porque estaban ahí mismo rodeándote)
antebrazos, muñecas, articulaciones
las manos, los frágiles dedos, largos también 
sondeando los bolsillos, dando palmaditas en la espalda
acariciando el lóbulo de la oreja inesperadamente?

Identificarla con un pulpo hubiera sido pobre
falto de inteligencia
era una inmensidad ecuatorial
un abasto magnífico
saciador de cada mínimo autismo 
de cada pequeña ausencia.

Apartabas la vista de tus objetivos
y allí estaba su palma
redirigiendo el rostro
limpiando las lágrimas
ofreciendo un pañuelo...

¡Qué atenciones tan extraordinarias!

Nunca más se acumuló caspa en mis hombros
ni quedaron restos de comida colgando de la barba
todas las atenciones, todas...
quien no iba a enamorarse de aquello
que aunque no fuera del todo una mujer completa
cumplía con tesón 
todas y cada una de las tareas 
que una sociedad patriarcal
había convertido en usos y costumbres adecuadas
además contribuía a su manera 
a cosificar el amor
a escindir cada pieza
para no entenderlo como algo completo
para que el día en que me cansara de sentir 
aquella sensación total 
proporcionada por unas extensiones casi autónomas
poder cortarlas a la altura que más me conviniera
eligiendo tijera, hacha o escalpelo
dejando sus restos secándose 
en la periferia de las necesidades ya cubiertas...

Suena malvado, lo sé.

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Ferran Garrigues Insa

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