lunes, 16 de febrero de 2015

Los cándidos.



Verlos pasear en el límite de la noche
sobre el hilo tenue 
bajo las coladas tendidas
en los ocasos finales
donde las voces susurran.

Son todo
y a todo acuden
escapan la voluntad de prevenir
sus ojos, siempre sus ojos
van por delante
en el primer escalón
bajo la última alcoba
detrás de las fuentes
desplegando un plan.

Ellos dejan insulsa cualquier aventura
porque retienen el cuento
reflejado en el fondo de sus quehaceres
dan volteretas inesperadas
en la cola del vertedero, también
en los recodos de los aparcamientos
esperando que alguien 
se quede prendido de su anzuelo.

Te someten
mirada lánguida
sonrisa exacta 
dejándose vencer
antes de proponer cualquier lucha.

Parecen los mismos de siempre
podrían sustituir al hombre de la esquina
al viandante vestido de azafrán
que hurga en el contenedor 
con un garfio fierro
podrían ser el perro del vecino
algún familiar...
pues detrás de ellos
existimos nosotros
incapaces de describir su estratagema.

Ah, los cándidos
angelicales salvajes
vestidos de hormona 
cuya apariencia marcada
adopta poses saturadas de precisión
dibujan las emociones
con el buril afilado de un maestro 
rinden fastos al ritmo
prometen portarse bien
mientras tratas de describir su humanidad.

Tal vez reescribisteis sus biografías
para desentramar su origen
ocultándolos así más y más
como el gran misterio
que jamás sucede.

Os quedasteis prendados de sus abrazos
de su ritual pose medida
de sus curvas en horizontalidad perfecta
del sonido grave de sus voces
del dibujo infantil que los desmenuza
firmado en servilletas
como un esquife
que les salva el alma
o como una última voluntad malentendida
que aspira a la salvación
a pesar de su fatigada hambruna
por tanto empacho, por tanto condimento.

Puede ser que un día
les rescatarais de ser devorados
por las sombras del atardecer
no les dejaseis caer en la noche
meciéndolos un instante.

Antes de que muerdan
escuchadles el latido
en cada palabra abultada
en el cáncer que les recome la garganta
y más abajo
cada órgano predispuesto a la verdad.

Dejadles convertirse otra vez
en todo lo negado
aprended a escapar en el último momento
apartaos de su furia
cuando alcancen a reconocerse
y sepan
y adquieran el conocimiento
de saberse imposibles
irrepudiables
inválidos para el fracaso
abocados a la decadente fama
de quienes solo los adulan con presentes
y se inflan, se hartan
de tanta candidez
hasta saciarse.

Hasta que nada les otorgue 
hasta que se les destripe la pena
y pasen y vean
breve drama
sutil jugarreta
danza triste
profunda y seca
sin tristeza
tan coherente 
con el final que les merezca.

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Ferran Garrigues Insa

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