miércoles, 9 de diciembre de 2015

Pequeños cambios.


A veces cosquilleaban las letras
a falta de combate y de ideologías de lo necesario
porque no había mucho por lo que luchar
salvo las guerras miserables
en las que uno se ganaba la condecoración
a cambio de carne y sangre de pobladores de tercera
y a veces, con suerte, de segunda
los de primera seguían la guerra desde sus monitores
estructurando el siguiente discurso
para contener a las madres 
cuyos hijos destripan en el frente.

A veces dolían las letras
pero su conjunción era tan necesaria
para el siguiente posible último aliento
que a veces se difamaban unas a otras
se herían en la lujuria que perpetran las mentes
para ser siempre mejores al otro
compitiendo incluso
en la calidad
de los sentimientos
en la calidad
de las sensaciones.

A veces era todo amargo
verbos, adjetivos, pronombres varios
una estampida de rápidos ritmos que se repetían demasiado
otras el desastre se acomodaba paciente
a la espera de los estallidos y los regímenes
donde los dictadores reestructuraban la palabra
desajustando los valores y los principios.

A veces parecía que todo iba a cambiar
y solo se transformaban las hojas del estío
las aves seguían huyendo
presas del pánico de las festividades humanas
los niños del hambre pasaban al olvido
las gentes que morían en el libre desasosiego de los parques
seguían muriendo libres
más libres que todos los acomodados
a los que les miden el aire para mantenerlos vivos.

A veces, entre aquella marea 
era necesario tan solo 
un relámpago caído en la cumbre
o un crujido en la hierba
o el vibrar inquieto de las plumas
o la paciencia socavando su raíz debajo de los edificios
o un santuario de semillas 
(a las que no tocaron pesticidas
con ínfulas de extinción)
esperando su momento
para que donde se habían asentado desiertos
la vida volviera a despertar.

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Ferran Garrigues Insa

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