sábado, 30 de abril de 2016

Redundo póstumo.

Despierta la mañana un canto de difuntos
se ordena el límite para ser inalcanzable
no queda olor pujante de rosas en la almohada
la memoria extenuada, la voz marchita
el deseo devastado por la protección
se vienen abajo en este obstáculo 
predicho, preclaro, de manual
tanto
que parece que no existe lo que buscas
que lo que reclama el sentido
es algo parco, roto, inaceptable.

Quizás te obcecas demasiado siempre
en las cosas que rugen en tu estómago
y suben una bilis reiterada
a dejarte lo agrio en el palato 
soltar
dejar
olvidar
pasar
fluir
que las formas se desdibujan cuando brillas
toman el espesor perfecto
las caricias se quedan pero no duelen
el beso último es pasajero de otra verdad
y no debes sepultarte bajo el cieno
para que los demás no teman
cortarse con alguno de tus bordes.

Porque somos bordes
y fisuras erratas
hechos de mezcla
resortes y amargos relojes
fecundados por el ritual
hechos de materia intacta
de fractal presencia 
que se recupera cada noche.

Somos corte
hendidura
asombro
misterio
vacío y consecuencia
escurridizos espectros
dentro de la carne
que pasa, se descompone
tiende a los abismos.

Quizás te obcecas demasiado siempre
demasiado lejos
demasiado intenso
llámalo fuego, sangre, vida
hechos de metáfora
también somos poetas
acabados poetas de estantería 
poetas de biblioteca sin lectores
escasos de verso e ingenio
repetidos 
pero repetidos hasta la saciedad
nos traducen hasta encontrarnos
sin trampa ni cartón.

Qué poco somos
que nada hemos cambiado.

Qué nada somos
que todo lo tememos.

Qué escasez de sed
y de beberse ninguno.

Qué tristeza invisible en el abasto
de todas nuestras pretensiones.

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Ferran Garrigues Insa

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