sábado, 29 de julio de 2017

Virtudes de los castillos de arena.

Dime dónde te haces y te deshaces 
degradándote en espacios incompletos
te aplacas sin esta caricia 
bajo la sonda de esos ojos perdidos en la lumbre
en qué cuarto oscuro repleto de gatos
en qué callejón frío 
abrazando cachorros 
esperando ningún amor humano
ningún amor ya 
en esta retahíla de desconocidos
que solo buscan escapar
de cada decisión inevitable
de cada ojo avasallado
de cada garganta tomada
de cada cabello crespo
aletargado tras el escalofrío.

Dime, cuéntame despacio el absoluto abismo
en el que conminas la pena y la gloria
y las voces tercas de las madres y de los padres
deshechos en las cloacas del marasmo.

Ofréceme 
la sabiduría perpétua de todos los perdidos
la carencia malinterpretada del asfalto
el desbarajuste, desprendido y descalabrado
que son cada una de tus relaciones
el vacío ignoto al que te vinculas 
cada amanecer, cada momento de pausa
que se hace servidumbre del vahído
se hace eco del hambre
estrofa de la última contienda
latente frase capital
verso inmediato después de muerto
labio partido de sangre estrépita
molienda material del espíritu
el enojo, la paz, la rabia, el desacuerdo.

Dime, en tu lugar primero
en la escapada precaria hacia la espiral
debajo de la frontera mimética 
en el esperanzado salto inconsistente
donde te flojean las piernas, el temblor
por todo el cuerpo la reflexión
la inflexión, el modo adecuado
el modo ajustado, la máscara indicativa 
espejo frecuente de toda referencia.

Dime si cabe decir algo
mientras esperamos juntos la racha y el martillo
el soplo de viento perfecto hinchando la vela
en el otro lado del mundo
mientras tentamos todavía frases monosilábicas 
utilizando la apariencia frontal de las pantallas
el invisible repicar de la gota
el absurdo propósito 
de desvestirse una y otra vez
mientras nos decimos y me dices 
y te digo y nos contamos 
y nos hacemos y no
de arena y sueño
otra y otra vez
hasta demorar lo incuestionable
que nos hizo lo que no
y lo que sí
mientras tanto
mientras las mareas
de nuestra exactitud.

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Ferran Garrigues Insa

domingo, 9 de julio de 2017

Entraña y espera.

Es normal que duela
a pesar de tantas veces 
esta misma enfermedad 
que viene sin avisar
y nos deje carentes y ausentes
esperanzados y ciegos
espaciados y discordantes
tan ambiguos como desconocidos
tan hechos a la medida de nadie
aparentes huecos, sin voluntad
de regresar, solo esperando 
un camino alejado de la fortaleza 
de la emancipación.

Es normal que nos acosen 
las precariedades de este elemento humano
la falta de coraje, la negación de las promesas
el estado abrasivo de los que se aman
amontonados en las aceras 
esperando el pequeño guiño que les salve.

Es normal que nos desenfunde la gracia
el pequeño cuajo
donde el arma añora el precipicio
la violenta preparación de los inconstantes
prejuicios, voluntad y estigma
por toda esta fatalidad 
donde tomamos las más terribles decisiones.

Es normal que no nos dañe
tanto dolor de parte a parte
y se nos salven los costados
la fatalidad descrita tornando chiste
la saliva jugando a sonreír antes de tiempo
desnuda la carcajada nos abuse
se nos rompa la faz hecha cristales
estornude el último vahído
el alma escapando de los lastres
esperando sin esperar nada
echándose a perder sin más y sin menos
solo echándose a perder.

Es normal que nos transformen
todas esas pequeñas estrategias
los gemidos propios 
de un animal moribundo
las parálisis ocasionales 
que desgrana esta peripecia
este traslado
esta ausencia 
de coraje, de coraza, de servidumbre
es demasiado normal
que nos encontremos tan a gusto
en las veredas de la reconciliación 
en los resortes del camino
en los límites de nuestra ignorante fronda.

Es normal, demasiado normal
tan normal
estarnos mirando la plaga
el avance intangible de su bocado
que nos oscurece todo
nos oscurece tanto
sin saber a donde ir
después de la última sentencia
que nos hemos adjudicado
para el resto
de esta corta 
transición.

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Ferran Garrigues Insa