lunes, 7 de agosto de 2017

A un maestro.

Porque recuerdo tu nombre
y en parte nos miramos el alma 
se nos encendía la espera
de la sonrisa simplona 
del buenos días siempre
de saber que acudíamos para jugar con los colores
bajo la mirada atenta de su comedia.

Nos reímos, tanto
estaba en conexión precisa
era de los pocos que decía
vete de aquí, ya lo tienes hecho
qué haces en la escuela
te digo que dibujes algo y me haces un Goya...
coincidíamos en particularidades 
era fácil hablar mientras sus compañeros 
difamaban su genio
siempre alguno quedaba para balbucear
pero que tranquila, medida y sanadora 
era esa clase
era ese tiempo
era esa pertinente amabilidad
siempre contigo, para con nosotros.

Nunca importaba llegar pronto
y casi siempre nos echaba usted
así mandaba: lárgate de aquí
salir, decidir, extirpar cualquier veneno
en el barracón, detrás de todos aquellos trastos
el olor a ceras, todo el maquillaje
que poco discutíamos 
en ese premio que hicimos cotidiano
el año último, el de después
cuando decidí empezar a irme.

Queda dicho, tampoco abundar en la memoria
no hace falta que dejemos recuerdos
en la vivencia del externo
de la voluntad de ser lo que hayamos sido
de conocer la bondad y lo generoso
que puede ser un hombre escondido.

(Un hombre en la penumbra
se quita el sombrero 
ante el resquicio de nuestra brevedad.)

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Ferran Garrigues Insa

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